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        Una economía difícil 

                Prácticamente todos los seres vivos forman parte del stock de material biológico del 
                cual se van reciclando para dar combustible para el funcionamiento de nuevos seres vivos.
                Sería algo así como si uno fuera a construir una pequeña caja metálica, y en lugar de 
                comprar las materias primas, tales como placas metálicas, tornillos y otras partes, 
                desintegrara un computador para obtener de él los componentes para armar la pequeña caja. 
                Con la cantidad de chatarra electrónica de nuestros días, la idea resulta bastante 
                promisoria. Al menos, el simpático robot Wall-e, de la película de Walt Disney, 2008, 
                vivía muy cómodamente reutilizando partes y piezas en forma creativa, en un mundo lleno 
                de chatarra.
Los seres con sistema nervioso, tienen la posibilidad de desplazarse, y al mismo tiempo, de obtener su combustible 
a partir de un material biológico más complejo. En cambio, los que no tienen sistema nervioso, como la mayoría del 
reino vegetal, al no poder desplazarse, obtienen su combustible sintetizando las substancias a partir de compuestos 
químicos más básicos. Unos aumentan la complejidad de las moléculas y los otros las disminuyen. Una planta es casi 
un laboratorio químico que recolecta moléculas del suelo y energía del sol para producir nutrientes.
La supervivencia de un ser con sistema nervioso se consigue por la desintegración de otro, ya que, para obtener el 
combustible biológico (proteínas y otras moléculas complejas) le es más económico desintegrar a un ser vivo que 
sintetizar este material a partir de productos químicos más elementales como lo hacen las plantas.
Así es la naturaleza. 
¿Por qué? 
Yo creo que hay una razón económica.
Porque la vida se origina de moléculas que cada vez se hacen más complejas; así es como los seres vivos más 
primitivos, por ejemplo, las amebas, que son unicelulares, no tienen ninguna oportunidad de sintetizar proteína, 
de modo que la única manera de obtenerla es atrapando a un paramecio, que es otro unicelular, y desintegrándolo 
mediante ácidos. Esta es la forma más económica de adquirir el combustible si la especie tiene la posibilidad de 
moverse.
En este acto no hay un propósito de aniquilamiento de otro ser ni tampoco de competencia, sino simplemente de 
costo: es menos costoso disociar moléculas, que sintetizarlas (entendiendo el costo en términos de tiempo y 
energía).
Los seres más complejos cuentan con muchos otros procesos químicos que les permiten extraer el combustible; pero 
siempre lo hacen desde seres que ya existen, prácticamente nunca van a buscar productos químicos elementales para 
luego sintetizar el combustible que requieren. 
Existen, desde luego, excepciones. 
Por ejemplo, algunos animales aprovechan la miel, la leche o el néctar de otro animal, sin necesidad de desintegrar 
a las abejas, a las vacas o las plantas, respectivamente. Otros se nutren solamente de la sangre de otra especie. 
También los hay que aprovechan seres que dejaron de existir, como el caso de los carroñeros. Otros aprovechan 
desechos de seres más complejos; por ejemplo, los gusanos.
Hay bacterias que extraen substancias de minerales directamente; por ejemplo, la bacteria Thiobacillus ferrooxidans 
produce  cambios químicos en los minerales, lo cual le sirve como alimento, sin desintegrar a un ser vivo.
Otra excepción la constituyen algunas especies como monos y guacamayos, que ocasionalmente ingieren tierra para 
aprovechar su contenido de minerales; sin embargo, este comportamiento se supone que ocurre porque esos animales 
requieren los minerales para compensar la ingesta de algunos vegetales que contienen substancias tóxicas. En otros 
términos, el consumo de tierra es más bien como el consumo de medicamentos por parte de los humanos.

Los humanos hacemos básicamente lo mismo, desintegramos a las vacas, las tilapias y las centollas con el sólo 
propósito de obtener sus moléculas y extraer de ellas las que más nos sirven. Hay que aceptar que, debido a la 
habilidad humana de aprovisionarnos de soluciones para nuestra necesidades, el utillaje que he definido en otro 
"El arte y la nada", versión española, también tenemos maneras de sintetizar alimentos, sin necesidad de 
desintegrar animales.

        

© Jaime A. Maldonado
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