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           Draculae

                     La sangre es la que da origen al mundo turbador de este longevo personaje. Draculae 
                     surge de las tinieblas, de habitaciones silenciosas, donde sólo el crujido del catre 
                     es perceptible, o del desplazamiento de las sábanas; de noches gélidas que requieren 
                     del calor humano.
Pero la sangre, que fluye persistente a lo largo de toda esta historia, se convierte en el leitmotiv estético que lo 
impregna todo; no es la sangre sórdida y siniestra que fluye de la herida producida por la puñalada artera de un 
asesino. No. Es la  sangre de la vida y del roce de la piel, del aroma del sexo, aquella que evoca labios carnosos 
de color carmesí; aquella de  la menorragia que borra todo e inicia otro ciclo vital, la misma de la ruptura de 
virgo; es una sangre que se bebe para infundir una transmutación.

El sexo, la sangre, la noche, la vida eterna; pero no la muerte, no el odio, eso es Draculae; el que pone en duda 
los límites de lo vivo; que muere con una estaca y se enrosca como una serpiente herida con el hedor de los ajos.
El mundo draculiano es de una coherencia genial; por esa razón conturba la mente; porque se pasea por las 
pasiones más alejadas del raciocinio.

Vlad Draculae, es el personaje de Bram Stoker (1897), una de las más famosas novelas de terror de los tiempos 
modernos. Draculae se inspira en el emperador húngaro del siglo 16, Vlad Tepes, “El Empalador”, que fue conocido 
por su crueldad. En la versión fílmica de Francis Ford Coppola, la sangre es tratada con extrema sensualidad
Pero Draculae no guarda relación con los horrores de los que fue su homónimo de carne y hueso, ya que, debido a 
que es un Conde, se eleva y este grado le confiere nobleza y su comportamiento barbilindo, como un ninfo, al borde 
de la mariconada; pero que busca la vida, no la muerte; que no odia y que es sutil y paciente (tiene muchos años 
que le confieren una paciencia extraordinaria) urde la estrategia para llegar a una mujer, con quien, por medio de un 
festín de sangre buena (que no se derrama ¡nunca sangre asesina!) logra la vida, por medio de la cual se engendran 
más seres semejantes de una especie desconocida. El no eyacula semen, sino sangre, con el código de la noche.
Los humanos, como en la vida real, persiguen implacables a este ser. Como persiguen a los alacranes, a las boas,
a los tiburones: para aniquilarlos porque no son humanos. Porque los alacranes, en el ejercicio natural de su ser, 
inoculan a aquellos que le permiten perpetuar su especie; porque las boas, dada su estructura recia y maleable, 
rodean a su alimento y reblandecen su estructura ósea para que sea más grata la deglución; porque los tiburones 
pueden oler la sangre que los conduce con precisión hacia quienes para ellos, son la vida.

En la cosmogonía de Draculae, la religión está presente.

Hay un conflicto que raya en lo esotérico. Draculae no es un demonio; pero es malo, como lo eran  los pueblos
primitivos de América para la españoles; eran raros y brutos; hasta para Darwin, quien los desmerece y no les 
confiere la inteligencia que él sí posee, aunque fueran sus contemporáneos. No estaban al alcance de comprender 
las sagradas escrituras; no formaban parte del Eclesiastés; no es así la vida, que tiene un decurso establecido 
por Dios. Draculae en particular, es un mundo paralelo, es una antivida y por lo tanto, los cristianos, en la 
novela en comento, se pondrán al lado de los aniquiladores.

Lamentablemente, Draculae, que tiene muchos siglos de vida, que ha sido perseguido ya, reconoce en los 
cristianos, poderosas armas que lo agobian y lesionan; pero que sin embargo, no lo destruyen.
El ideal del Conde Draculae, se ha tratado en las artes de muchas formas, porque es un mundo total y 
completamente unitario que contiene partes dispersas o esquemas congénitos que hacen un todo coherente; y que 
además, es ambiguo.

En la primera versión de cine era Nosferatu y fue prohibida porque era un plagio de la novela de Bram Stoker.
Existen muchas ideas como ésta, que ha persistido por años y han alimentado a las artes en innumerables 
versiones.
        

© Jaime A. Maldonado
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